Al morir y llegar al Cielo un sacerdote y un taxista, que habían sido vecinos y amigos en la Tierra, fueron llevados a sus eternas moradas. El sacerdote vio con asombro al taxista, a quien instalaron en una casa con piscina, pista de tenis y todas las comodidades imaginables. Mientras, a él le dieron una casa común y corriente.
-¿Señor, pero qué es esto? ¡Toda mi vida yo prediqué tu palabra sobre la Tierra y mira lo que haces!
El Señor respondió:
-Cuando tú predicabas, yo sólo escuchaba gente roncando. ¡Pero tendrías que haber visto con qué fervor oraba la gente cuando conducía éste!
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